martes, 3 de noviembre de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

LII
  Ya sea por el cambio horario o porque la inquietud se le ha instalado en el consciente y en el subconsciente, el caso es que no ha podido dejar de pensar en ello. A las cuatro de la madrugada ya está levantado, con el ordenador conectado indagando en varias bases de datos especializadas, bajando constantemente archivos después de repasarlos. En la noche busca algo de luz en las biografías de Lucrecia Borgia y Leonardo Da Vinci.
¨Lucrecia Borgia, 18 de abril de 1480 – 24 de junio de 1519¨.
El primer dato, aunque sin importancia para lo que está investigando, ya sobresalta un poco a Umberto; Leonardo Da Vinci había muerto solo unos días antes que ella, concretamente el 2 de mayo.
¨...fue la hija de Rodrigo Borgia, que más tarde se convertiría en el Papa Alejandro VI, y de Vannozza Cattanci. Uno de sus hermanos fue el notario déspota César Borgia¨.
Se siente extraño. Umberto cumple en sus viajes un planning preparado previamente, este recoge todo lo que deben ver, está más seguro así. Pero el comentario del pequeño Di Rossi ha roto lo que tiene asimilado que va a llevar a cabo en este viaje. Le parece increíble que una simple cuestión, además de improbable, más difícil aún de verificar, le esté trastornando hasta el punto de sentirse nervioso a estas horas de la madrugada en la habitación del hotel en Frankfur. Sabe que va a pasar por momentos decisivos en las próximas fechas. Ha asumido esa obligación con una naturalidad sorprendente. Hasta hacía no mucho era una persona incapaz para afrontar cuestiones decisivas en la vida. Solo aguantaba como podía lo que le llegaba, pero ¿tomar iniciativas determinadas? Nunca. La vida había decidido cuándo llamar a su puerta sin pedirle permiso ni preguntarle si estaba preparado para lo que le enviaba. Así fue siempre hasta que apareció Violeta. Después se fortaleció poco a poco, los miedos fueron desapareciendo. Finalmente, la muerte de Violeta y el apoyo que tuvo que dar a Paolo ahogando sus propios sentimientos lo convirtieron en un hombre más duro. Ahora solo tenía que vivir de acuerdo consigo mismo en compañía de su hijo. Cada uno tenía sus obligaciones diarias, no era la relación que él tuvo con su madre, de dependencia, sobre todo psicológica. Ni así consiguió escapar de su pasado. Y después de todo lo vivido, un comentario de su hijo ante un cuadro lo desborda. Está sorprendido, a estas alturas de la vida se creía con menos dudas.
¨¿O es que llegado el momento tiene que aparecer y es eso lo que me desestabiliza ahora?¨.
Vuelve a la premisa que le ha puesto delante el pequeño Di Rossi, y que ni remotamente se le habría ocurrido a él: ¨La Gioconda es Lucrecia Borgia¨.
Por más vueltas que le da a sus conocimientos y a los datos que obtiene a través de Internet, no encuentra un solo dato que desbarate esa afirmación. Cualquier otra persona diría lo contrario que no existe ningún dato que corrobore lo que Paolo dice, pero claro, esa persona no conoce el ojo que tiene su hijo, nunca falla.
Tenía en la memoria la ratificación por parte de un grupo de académicos alemanes de la Universidad de Heidelberg de que la Gioconda era quien siempre se pensó: Lisa Gherardini, la esposa del mercader Francesco del Giocondo, pues aseguraban que Agostino Vespucci, trabajador del Ayuntamiento de Florencia y contemporáneo de los protagonistas, lo dejó anotado en el margen de un libro en octubre de 1503: ¨Todas las dudas han quedado aclaradas¨, declararon aquellos expertos, y contra eso, la aparición subjetiva de un niño quedaba en una sonrisa..., en el mejor de los casos.
La lámpara encendida da una luz tenue, amarilla. Paolo duerme. Relee a Giorgio Vasari, el hombre que puso el nombre de Renacimiento a toda aquella explosión efervescente que apareció en Italia entre guerras, tumultos, enfrentamientos y traiciones.
Vasari se dio cuenta de la importancia del momento histórico que estaba viviendo y, a pesar de ser un gran pintor, arquitecto el Palacio de los Uffizi en Florencia y el pasaje elevado sobre el Puente Vecchino que conecta con el Palacio Pitti son creación suya, además de tener una gran fortuna, se dedicó a escribir sobre la vida de los más importantes arquitectos, pintores y escultores italianos. Visitó y se reunió con Miguel Ángel, Rafael y otros muchos. Vio algunas obras de estos genios cuando estaban en ejecución. Escribió sobre ellas, incluyó anécdotas e historias curiosas, se dio cuenta de que se estaba produciendo una ruptura con el pasado, que habría un antes y un después de todo aquello... Pero a la hora de los datos..., no era del todo exacto, y eso era lo que necesitaba Umberto en esto momentos; datos, datos lo más exactos posibles.
Ha creado dos carpetas para guardar los archivos que se baja a través de la red, una para Lucrecia y otra para Leonardo. Un trabajo arduo simplificando al máximo, estructurando la biografía de los dos por fechas. Cree que las tiene completas, abre las dos a la vez, las pone en paralelo. Busca mes a mes, año a año. Coteja los movimientos de cada uno en el tiempo, busca una coincidencia en ambos.
Amanece un nuevo día, frío y gris, mientras Umberto piensa solo en una cosa.
¨¿Dónde, dónde os pudisteis encontrar?¨.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

lunes, 2 de noviembre de 2015

LA ENVIDIA HACE FRACASAR.

  Es enemiga de los humanos; es un veneno del alma y del cuerpo físico, ya que causa destrucción de las células y nubla la razón. La envidia es aglomeración de pensamientos y sentimientos (energías psíquicas) destructivas; es una influencia maléfica que causa mucho daño a quienes la padecen y a las personas envidiadas, si éstas no están protegidas.

JOSÉ FARID H.

EL PODER DE LOS SUEÑOS.

  ADIÓS:
  Cuando en sueños nos despedimos de alguien, es indicio de que no tardaremos en verla. Puede significar también una reconciliación, si tenías alguna desavenencia con la persona de la cual te despides. Cuando la visión es muy lúcida, hasta el punto de no parecer un sueño, y sobre todo en los casos en que no ha habido desavenencia y es la otra persona la que viene a despedirse de nosotros, puede significar su próximo fallecimiento o, si vive en un país lejano, es posible que haya fallecido ya y, por tanto, la despedida sea totalmente real.

NORMA O´CONNOR.

BESO.


¡Qué sola estabas por dentro!


Cuando me asomé a tus labios
un rojo túnel de sangre
oscuro y triste se hundía
hasta el final de tu alma.


Cuando penetró mi beso,
su calor y su luz daban
temblores y sobresaltos
a tu carne sorprendida.


Desde entonces los caminos
que conducen a tu alma
no quieres que estén desiertos.


¡Cuantas flechas, peces, pájaros,
cuántas caricias y besos!

(Soledades juntas, 1931)

MANUEL ALTOLAGUIRRE.

domingo, 1 de noviembre de 2015

ALBERCHIGOS. .

   
  Por el Callejón de la Sal, que retuerce su breve estrechez, violeta de cal con sol y cielo azul, hasta la torre, tapa de su fin, negra y desconchada de esta parte del Sur por el constante golpe del viento de la mar, lentos, vienen niño y burro. El niño, hombrecito enanillo y recortado, más chico que su caído sombrero ancho, se mete en su fantástico corazón serrano, que le da coplas y coplas bajas;

...con grandej fatiguiiiyaaa
yo je lo pediaaa...

   Suelto, el burro mordisquea la escasa yerba sucia del callejón, levemente abatido por la carguilla de albérchigos. De vez en cuando, el chiquillo como si tornara un punto a la calle verdadera, se para en seco, abre y aprieta sus desnudas piernecillas terrosas, como para cogerle con fuerza, en la tierra, y ahuecando la voz con la mano, canta duramente, con una voz en la que torna a ser niño en la e:

    -¡Albéeerchigooo!...

   Luego, cual si la venta le importase un bledo como dice el padre Díaz, torna a su ensimismado canturreo gitano:

...yo a ti no te cuurpooo,
ni te cuurparíaaa...

    Y le da varazos a las piedras, sin saberlo...

    Huele a pan calentito y a pino quemado. Una brisa tarde conmueve levemente la calleja. Canta la súbita campanada gorda que corona las tres, con su adornillo de la campana chica. Luego un repique, nuncio de fiesta, ahoga en su torrente el rumor de la corneta y los cascabeles del coche de la estación, que parte, pueblo arriba, el silencio, que se había dormido. Y el aire trae sobre los tejados un mar ilusorio en su olorosa, movida y refulgente cristalidad, un mar sin nadie también, aburrido de sus olas iguales en su solitario esplendor.
   El chiquillo torna a su parada, a su despertar y a su grito.

    -¡Albéeerchigooo!...

    Platero no quiere andar. Mira y mira al niño y husmea y topa a su burro. Y ambos rucios se entienden en no sé qué movimiento gemelo de cabezas, que recuerda, un punto, el de los osos blancos.
      -Bueno, Platero; yo le digo al niño que me dé su burro, y tú te irás con él y serás un vendedor de albérchigos... ¡ea!

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ-

    

EL ASCETA ERRANTE.

     Después de años de peregrinación, llegó a una localidad de la India y sus habitantes le pidieron que les impartiese algunas enseñanzas espirituales. Aunque el hombre no era dado a discursos, para no desairar a esas buenas gentes, consintió. Al anochecer todos se reunieron en la plaza pública y el asceta errante habló sobre el impulso sagrado y la búsqueda espiritual. Una vez hubo impartido enseñanzas, guardó silencio por si alguno de los presentes quería formular cualquier pregunta. Se adelantó la mujer más rica de la localidad y dijo:

     -Sabio asceta, todo lo que has predicado me ha parecido muy interesante, pero hay algo que de verdad siempre me ha preocupado: ¿qué será lo que comen los santos en el cielo?
    Entonces el asceta clavó sus profundos ojos de fuego en los de la dama y exclamó:

    -¡Oh necia! De manera que te preocupas por lo que comen los santos en el cielo y ni se te ocurre preguntarte si yo tengo o no algo para alimentarme.

REFLEXIÓN

       La mente del ser humano tiene una crónica tendencia a extraviarse en cuestiones inútiles y no atajar lo inmediato y necesario. Hay que reeducarla para que aprenda a encauzarse en las circunstancias que se requieren en el momento y frenar así su propensión a enredarse con supuestos y presuposiciones, conjeturas y elucubraciones que le merman parte de su vitalidad y descarrían la atención.

RAMIRO A. CALLE.

     

DEFENSA DE MADRID.


Madrid, corazón de España,
late con pulsos defiebre.
Si ayer la sangre le hervía,
hoy con más calor le hierve.
Ya nunca podrá dormirse,
porque si Madrid se duerme,
querrá despertarse un día
y el alba no vendrá a verle.
No olvides, Madrid, la guerra;
jamás olvides que enfrente
los ojos del enemigo
te echan miradas de muerte.
Rondan por tu cielo halcones
que precipitarse quieren
sobre tus rojos tejados,
tus calles, tu brava gente.
Madrid; que nunca se diga,
nunca se publique o piense
que en el corazón de España
la sangre se volvió nieve.
Fuentes de valor y hombría
las guardas tú donde siempre.
Atroces ríos de asombro
han de correr de esas fuentes.
Que cada barrio a esa hora,
si esa mal hora viniere
-hora que no vendrá-, sea
más que la plaza más fuerte.
Los hombres, como castillos;
igual que almenas sus frentes,
grandes murallas sus brazos,
puertas que nadie penetre.
Quien al corazón de España
quiera asomarse,que llegue.
¡Pronto! Madrid está cerca.
Madrid sabe defenderse
con uñas, con pies, con codos,
con empujones, con dientes,
panza arriba, arisco, recto,
duro, al pie del agua verde
del Tajo, en Navalperal,
en Siguenza, en donde suenen
balas y balas que busquen
helar su sangre caliente.
Madrid, corazón de España,
que es de tierra, dentro tiene,
si se le escarba, un gran hoyo,
profundo, grande, imponente,
como un barranco que aguarda...
Sólo en él la muerte.

(De un momento a otro, 1934-1938)

RAFAEL ALBERTI.