lunes, 16 de febrero de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


VI

Dos napolitanos buscaban desarrollar su vida y su futuro profesional en Nueva York, Umberto seguía a Violeta. A pesar de que ella era diez años más joven que él, esta italina delgada y guapa era la que tiraba del carro, la que tomaba las decisiones, y él la siguió sin plantearse otra opción. Cada vez se sentía más tranquilo, confiado, todo lo que ella decidía estaba bien, era la correcto.
Además de su formación académica, Violeta tenía una tendencia natural por el mundo financiero. Entre Asia y Norteamérica, se había decidido por esta última, fundamentalmente porque le parecía el lugar más adecuado para la educación de los hijos.
Rápidamente se dejó notar su preparación y su intuición femenina en Wall Street. Comenzó como empleada en una Sociedad de Inversión Colectiva en Valores y al poco tiempo se había convertido en la socia más joven de la firma. Una joya a la que había que cuidar para que continuara consiguiendo y superando los tremendos objetivos trimestrales en un difícil mercado a la baja. Tampoco dejar que se fuera a la competencia.
A las siete de la mañana ya estaba en su puesto de trabajo y no volvía al pequeño apartamento alquilado en Harlem antes de las diez de la noche.
Por su parte, Umberto comenzó dando clases de italiano en un colegio. Pero el nuevo estilo de vida, contagioso en esta ciudad efervescente, y la cantidad de horas libres sin Violeta, hicieron que en dos años también él consiguiera el Doctorado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad de Nueva York, donde continuó ya como profesor.
Siempre estaba estudiando en la biblioteca, aunque solo fuera una hora entre clase y clase. Después se quedaba hasta altas horas. Llmaba la atención sus modos muy educados, retraídos y tímidos. Era humilde a la hora de expresar sus conocimientos, pero el oyente terminaba captando que muchos de ellos eran propios, profundos, meditados y muy estudiados.
Los dos estaban concentrados en el esfuerzo. Atrás quedó la pasión del principio, y cuando Umberto ya se había acostumbrado a ritmos más tranquilos, de pronto Violeta se convirtió en un volcán en erupción. Le daba igual haber trabajado catorce horas seguidas, o dormir poco. Nada más ver o sentir a Umberto al lado parecía que le entraba unos deseos desmesurados, irresistibles, y las consecuencias llegaron de inmediato como ella había decidido, iban a tener un hijo.
Violeta le demostró cada día de embarazo el amor que le tenía. Su fuerza natural la hacía capaz de llevar todo al mismo tiempo con eficacia. En un mundo donde el noventa por cien de las mujeres universitarias trabajadoras no tenían hijos, ella, con veintisiete años no tuvo ninguna duda, sería madre.
El momento del parto lo quería realizar de la manera más natural posible, ¨tradicional¨, decía que ¨quería sentir¨ el nacimiento de su hijo; solo existía un problema, era estrecha de pelvis y temió el tamaño del niño habida cuenta la estatura de Umberto. En las revisiones nunca quiso saber el sexo ni ningún otro dato, solo que el niño estaban bien, pero la preocupación le llevó a hacer una pregunta que no hubiera querido realizar; ¨¿Es muy grande?¨. Y obtuvo la respuesta; ¨No debe tener problema, es pequeñito¨. Cuando escuchó el comentario de la doctora se sobresaltó, tuvo miedo, pero nunca le dijo nada a nadie.
Le pusieron Paolo, el nombre del abuelo materno.

Las dos de la madrugada.
_Ea, ea, ea, ya está.
Violeta estaba de rodillas sobre la cama, la luz apagada y ella, además, tenía los ojos cerrados.
_Ya está, ya está.
Intentaba levantar a Umberto, lo cogía por las caderas pero pesaba mucho, no podía.
_Ea, ea.
Comenzaba a bajarle el pantalón del pijama. Él medio se despertó.
_Pero... ¡¿qué haces?! _dijo Umberto con voz grave y soñolienta.
_¿Eeehh?
_¡La madre que te parió!
Violeta también se despertó y comenzó a reír.
Entonce él comprendió lo que estaba sucediendo. Se giró y encendió la lámpara de su lado mientras ella se tumbaba sobre la cama muerta de risa.
_¿Qué querías, cambiarme los pañales?
Violeta no podía parar. Umberto también comenzó a reír mientras movía la cabeza negativamente, la tensión que ella tenía desde que nació Paolo parecía que no la abandonaba.
Comenzó a escucharse un leve ruido que venía del lado de la cama donde estaba ella. Apareció la cabecilla, los preciosos ojos azules que nadie sabía de dónde había sacado. Con cuatro meses se cogía ya a los barrotes de la cuna y se ponía de pie. Bien asegurado, los miraba y les desplegaba su sonrisa.
_Y este se quiere sumar a la fiesta...
¨¿No será malo para sus piernas?¨, habían preguntado al pediatra.
¨Todo lo que el niño haga por él mismo y de forma natural no es malo, todo lo contrario¨, les había contestado.
_Mi niño...
Ella se giró apoyándose sobre el codo derecho. Los dos lo miraban y respondía a su sonrisa. Paolo cambió el gesto, desapareció su cara alegre, hacía fuerzas, enrojecía, fruncía la frente.
_¡Mira que lástima!
Poco a poco se la pasó el dolor y volvió la sonrisa. Estaban preocupados, la madre pendiente hasta en sueños por lo que Umberto acaba de comprobar. El pequeño llevaba unos días con unos tremendos retortijones, pero no lloraba, aguantaba cuando le llegaban y al poco volvía a su estar natural, la sonrisa abierta una vez que se le habían pasado. Los tres se contemplaban, los tres sonreían con una plena satisfacción que les venía de dentro. A los tres se les veía felices, aunque al final un gesto de seriedad siempre acudía al rostro de Violeta.
_Me voy a la otra habitación con él para que puedas dormir.
_No, no importa.
_¿Mañana no tienes clases?
_No, me lo quedo yo.
_Vale.
Hasta las cinco de la mañana estuvieron despiertos, el pequeño en medio de los dos, el pobre no se podía volver a dormir con los dolores, y ella con sus altibajos.

Las diez de la noche, hacía cinco minutos que Violeta había llegado al apartamento después del día de trabajo. Los tres en la habitación, ella estaba terminando de cambiarse. Umberto dudaba.
_Yo te lo voy a contar porque así me quedo tranquilo...
_¿Qué ocurre? _le preguntó Violeta.
_Esta mañana me he llevado un susto de muerte.
_¿Con el niño?
Umberto asintió con la cabeza. Ella miró a Paolo, que le sonreía desde la cuna.
_Verás, cada vez que lo iba a soltar en la cuna se despertaba, una y otra vez, así que cuando volví a dormirlo la última vez... me eché sobre nuestra cama con él, con mucho cuidado, y así se quedó, él... y yo, porque en nada también me quedé K.O.
_Claro, es que apenas has dormido esta noche, pero Umberto eso es peligroso, sin darte cuenta te puedes girar y aplastarlo _dijo ella volviendo a mirar al pequeño Paolo con cierta tranquilidad al ver que estaba bien.
_Lo sé, si yo no pensaba dormir...; pero sin darme cuenta me he quedado frito, y al cabo de un rato, cuando me despierto, es lo primero que pienso, que le podía haber hecho daño; pero voy, miro..., y el niño no está.
_¡¿Qué?!
_Que el niño no estaba.
Violeta volvió a mirar a su hijo. No comprendía.
Levanté todo. El edredón, nada. Me puse en pie y rodeé la cama... Miré debajo, nada. La camisa no me llegaba al cuerpo. Salí corriendo por el apartamento pensando que nos habían raptado al niño, mientras seguía buscando, diciéndome que no podía ser. ¡Dos veces repasé el apartamento entero!, ¡dos veces! Había comprobado que la puerta de la calle estaba con las cuatro vueltas echadas. Intenté recapacitar, que no sé ni cómo fui capaz... Y vuelvo a comenzar desde el principio..., a la habitación, pienso que cómo puede ser. Intento tranquilizarme porque si no me iba a dar un infarto, giro sobre mí varias veces..., hasta que veo la cortina que se mueve un poco. Violeta miró hacia ella, cubría un ventanal lateral de la pequeña habitación, que por lo demás solo tenía la cama de matrimonio, dos pequeñas mesitas a ambos lados frente a un armario clásico, y entre este y la pared un pequeño hueco por el que entraba la cortina. Allí se dirigió Umberto dando tres pasos_.¡Ahí estaba el niño ! dijo señalando con el dedo mientras ella ponía cara de sorpresa_, ahí, en el rincón y detrás de la cortina. ¡La madre que parió al niño! _remató Umberto, que se había vuelto a poner nervioso reviviendo los hechos.
_Pero...¿cómo ha llegado hasta ahí?
_Eso, pregúntaselo a él _contestó refiriéndose al hijo que aún no tenía cinco meses.
Violeta sonreía mientras Umberto intentaba serenarse respirando profundamente.
_Se habrá dejado caer de la cama y después a gateado hasta allí.
_Supongo. Yo solo te puedo decir que el niño no ha llorado, lo he desnudado y mirado de arriba abajo, no tiene ningún golpe.
_Mi niño...
La madre se acercó sonriente y feliz a su hijo. A él se le iluminó el rostro. Lo levantó, lo cogió en brazos, lo besó.
A Umberto, esa escena que tantas veces había visto, le llenaba como nada en su vida. Los quería como jamás había pensado que se podía llegar a querer, algo inexplicable que solo pudo saber y sentir cuando lo vivió. Se acercó y los abrazó, con muchísimo cuidado, a los dos y al mismo tiempo. Fueron segundos, pues notó algo que ya había apreciado antes en ella, como una leve pero clara reacción de rechazo. Se separó, pretendía no molestarla. Pensaba que ella a su vez sentía tanto por su pequeño que no quería que nadie interviniese en esa relación. Ya se le pasaría, no le importaba. Para él, con solo estar presente y poderlos contemplar era más que suficiente.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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