CAPÍTULO
XII
Entrando
en la dehesa de los Caballos, Platero ha comenzado a cojear: Me he
echado al suelo...
-Pero,
hombre, ¿qué te pasa?
Platero
ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla,
sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente
del camino.
Con
una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico,
le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una púa larga
y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo
puñalillo de esmeralda.
Estremecido
del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al
pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente
le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.
Después,
hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando
todavía y dándome suaves topadas en la espalda...
JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ.
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