Nos
entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me lleva siempre a
donde quiero. Sabe Platero que, al llegar al pino de la Corona, me
gusta acercarme a su tronco y acariciárselo, y mirar al cielo a
través de su enorme y clara copa; sabe que me deleita la veredilla
que va, entre céspedes, a la Fuente vieja; que es para mí una
fiesta ver el río desde la colina de los pinos, evocadora, con su
bosquecillo alto, de parajes clásicos. Como me adormile, seguro,
sobre él, mi despertar se abre siempre a uno de tales amables
espectáculos. Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el
camino se torna fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo
beso, lo engaño, lo hago rabiar... Él comprende bien que lo quiero,
y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás,
que he llegado a creer que sueña mis propios sueños.
Platero
se me ha rendido como una adolescente apasionada. De nada protesta.
Sé que soy su felicidad. Hasta huye de los burros y de los
hombres...
JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ.
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